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    El mal denominado Greenhunting

    Porque no todo es verde


    Foto de Jesús Mardomingo
    Jesús Mardomingo
    4 min

    24 de octubre de 2026. Día mundial de información sobre el desarrollo; día internacional contra el cambio climático; día de las Naciones Unidas.

    Durante años, la conversación sobre sostenibilidad empresarial ha estado dominada por el color verde. La presión regulatoria, la urgencia climática y la necesidad de demostrar compromiso ambiental han convertido ese tono en el símbolo universal de la responsabilidad corporativa. Sin embargo, la obsesión por el verde, por exhibir credenciales ecológicas, ha generado un efecto paradójico, el fenómeno “greenwashing”, mejor expresado, de “lavado verde”, en el que muchas empresas, y también instituciones han caído exagerando o simplificando sus imágenes frente al mercado o los ciudadanos. Otras, temerosas de ser cuestionadas, han optado por el silencio, dando lugar al greenhushing, al silencio verde, a la autocensura.

    En medio de este ruido ha emergido una tercera vía que propone una actitud proactiva. Las empresas que lo practican no buscan parecer sostenibles, sino serlo con rigor, persiguiendo estándares más altos, sometiéndose a auditorías independientes y comunicando con transparencia radical. Se trata del mal llamado greenhunting. Mejor denominarla, la “sostenibilidad rigurosa”, no la que se declara.

    Pero para comprender su alcance resulta necesario romper un paradigma, más propio de ciertas actitudes ecológicas polarizantes. La sostenibilidad no es monocromática. El verde es solo una parte de la historia. En Iberoamérica, donde la naturaleza es exuberante y la creatividad es un recurso económico, cultural y simbólico, la paleta es más amplia. El futuro sostenible de la región no debiera ser únicamente verde, sino también, y especialmente, azul y naranja.

    Solo pensando en azul, Iberoamérica es una potencia. Según la ONU, América y el Caribe (sin contar Estados Unidos y Canadá) concentran el 40% de la biodiversidad mundial y el 25% de las costas del planeta y una parte decisiva de la biodiversidad marina mundial. Además de manglares, arrecifes, estuarios, plataformas continentales y corredores oceánicos que sostienen miles de especies y millones de vidas, la región alberga algunos de los ecosistemas marinos más diversos del mundo, desde el Caribe coralino hasta el Pacífico tropical, pasando por los fiordos del Cono Sur y los manglares amazónicos.

    En el otro lado del océano, España, Portugal y Andorra representan el 12% de la superficie europea y aportan el 15% de la biodiversidad marina de Europa gracias a la interfaz Atlántico–Mediterráneo.

    Sumadas ambas orillas, solo en azul, la región iberoamericana reúne cerca del 15% de la biodiversidad global y alrededor del 20% de la biodiversidad marina del planeta, pese a ocupar menos del 10% de la superficie terrestre.

    ¿Y el naranja? El naranja, es otro color clave de la Región. Simboliza la economía creativa mientras las máquinas no nos dominen. Actividades como la música, cine, diseño, gastronomía, artes visuales, software, videojuegos, industrias culturales que definen la identidad iberoamericana y generan valor económico y social. La creatividad es también sostenibilidad, porque construye cohesión, proyecta narrativas, genera empleo y permite imaginar futuros posibles. En una región donde la cultura y la creatividad es motor económico, el naranja no sería un número del Pantone, sino una dimensión estratégica.

    Precisamente por un naranja para el desarrollo, (los anglos lo llamarían orangehunting) urge un uso del idioma que responda a la localización geográfica donde se concentra la naturaleza del planeta. Al menos los iberoamericanos, deberíamos defender el uso de nuestras propias lenguas con preferencia por el español, el portugués y las amerindias para hablar de naturaleza y biodiversidad.

    El verde, por supuesto, sigue siendo indispensable. La protección y conservación del planeta no admite matices. Pero reducir la sostenibilidad a ese único color es una forma de ceguera estratégica. En Iberoamérica, donde la abundancia natural convive con una creatividad desbordante, la sostenibilidad debe ser multicolor.

    En cualquier caso, la “caza verde”, entendida como la persecución proactiva de estándares sostenibles se ha convertido en una tendencia más positiva que el “lavado verde”. Ya no se trata de una reacción interesada frente a la regulación, sino una demostración de haber comprendido la complejidad de su entorno, que ha decidido que la sostenibilidad no sea un departamento de la compañía, sino una forma de gobernanza. Que entiende que proteger un bosque sin proteger un manglar es una contradicción. Que impulsar la eficiencia energética sin impulsar la creatividad es una renuncia.

    La región iberoamericana necesita empresas que no se conformen con el mínimo regulatorio, sino que aspiren a liderar. Empresas que entiendan que la sostenibilidad no es un color, sino una paleta.

    Este artículo está licenciado bajo CC BY-NC-ND 4.0. Cómo citarlo y reutilizarlo

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    Jesús Mardomingo

    Abogado de Andersen y fundador de Masamú. Defensor de la economía naranja.

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